Hola chata, cómo estás. Hay un par de pecados que debo confesar antes de situarme en el punto de mi ira. Uno, ante quien me lee. Dos, ante mi madre que me educó. El primero podría tener de banda sonora
‘La sinceridad como bandera’ de
Tontxu; cantautor por el que, confieso, vi de principio a fin
Gran Hermano VIP en 2005. El segundo no tiene
BSO, sólo el eco de quien me trajo al mundo repitiéndome hace dieciocho años: “Como te oiga un solo taco, te quito del fútbol”. Pues bien, mamá… me he vuelto una ordinaria.
Como anunciaba, vi GHV. Pensar que podría contemplar un momento de inspiración y composición de Tontxu era demasiada tentación. Lo que no sabía era que, además, asistiría al fuera de juego del único árbitro, junto a
Iturralde, al que, por nombre, era capaz de reconocer;
Brito Arceo, ese ser. Hasta entonces, juro que le tenía como uno de los buenos. Desde aquel programa, sin embargo, admito que se ha convertido en el borrón del acta. Mi ejemplo malo. La pregunta incómoda: Si ese señor era uno de los colegiados sobresalientes del fútbol español... ¿cómo serían los suspensos? Suspense...
He intentado comprenderles, lo aseguro. Durante los años que fui jugadora nunca se me ocurrió insultar a un árbitro. Como espectadora, si acaso, algún aspaviento. Pero desde que ejerzo de delegada he asumido un rol que me obliga, no sólo a ser vulgar, sino, además, a necesitar serlo. Mi ira sólo se calma cuando arbitran Viedma y Contreras, dos nobles de apellido y de actitud; ni una voz rica en decibelios, ni una tontería elevada a pecado, ni un mandamiento de dios. Dos árbitros, ni más ni menos; con sus errores y sus aciertos.
Siendo de Plata he estado en vestuarios de barro, he visto a mis azules morder el polvo y la arenilla de algún parqué o he anotado minutos mirando a un marcador de mesa; mutis en el acta. También he asistido a decisiones reversibles, festivales de tarjetas y hasta leyes de la desventaja; ¿resultado? mutis en las explicaciones. Eso sí, mis jugadoras han salido siempre con las medias bien visibles y las camisetas por dentro; los petos del mismo color y por fuera. Ni orquillas, ni pulseras de esparadrapo.
Ya no queda casi nadie de los de antes; y los que hay, han cambiado, han cambiado... a peor. Por eso, quizás, siguen y seguirán en el punto de mira.
Lo más lógico sería hacer cantar a los Celtas Cortos... pero seguro que llevan sonando en muchas cabezas desde esta mañana... Y a mí la que no se me quita de la mía es ésta.